Nuestra Señora de la Reconciliación

La imagen de Nuestra Señora de la Reconciliación expresa sintéticamente un conjunto de mensajes:

El rostro: lo primero que aparece ante quien contempla la imagen es el dulce y sereno rostro que expresa la grandeza de espíritu de la Mujer de la fe, aquella en cuyo favor ha hecho maravillas el Poderoso (ver Lc 1,49).

La mirada: una mirada de indescriptible dulzura, invita en forma franca y directa al encuentro personal y sitúa a quien la observa en una comunicación de tierna paz, de serenidad, de esperanza intensa.

El manto: el manto abierto de la Madre, como invitándonos a cobijarnos bajo él, es una manifestación de la protección de Santa María ante el peligro, ante las insidias del Enemigo.

El corazón: llama la atención el corazón atravesado por una espada. Una señal de dolor en medio de la expresión serena de la inmaculada. La alusión a la profecía del anciano Simeón es muy clara (ver Lc 2,33-35). Tan clara como la alusión que la Tradición y el Magisterio han visto a través de los siglos en relación al intenso martirio que sufre la Virgen Santísima al pie de la Cruz, “por la herida que recibe su piadoso corazón”, como decía el Papa Pío VII. La alegría del triunfo de la reconciliación llega con el dolor de la pasión y muerte del Hijo, preámbulo de la Pascua de Resurrección.

Las llamas: se observa un corazón fulgurante en llamas de amor. Las llamas vivas que denotan la presencia transformante del Espíritu Santo, “llena eres de gracia”, “el Señor está contigo”, (Lc 1,28). Se va descubriendo en todo esto la invitación a percibir en la imagen una plástica referencia a la pedagogía divina del dolor-alegría. El Papa Benedicto XV invitaba a dirigirnos “con toda confianza al corazón dolorosa e inmaculado de María”. Las llamas que brotan del corazón —símbolo de lo más hondo del ser de María— manifiestan luz y calor, símbolo del amor gozoso del Inmaculado Corazón, ante todo amor a Dios Padre en su Hijo por el Espíritu Santo, y amor a toda la humanidad, así como amor al designio divino que es expresa en su Plan.

Las rosas blancas: una corona de rosas blancas alude a la corona de espinas del reconciliador, que trae a la mente los momentos de dolor al pie de la Cruz, los momentos del triunfo, de la victoria. Alude también al misterio reconciliador y su triunfo manifiesta ese fruto admirable que fue la Inmaculada Concepción de María, preanuncio de la victoria del Señor, primicia adelantada. Las rosas blancas muestran también la ternura y la pureza del amoroso corazón de María Virgen.

El cinturón: el cinturón elevado que tiene la imagen de Nuestra Señora de la Reconciliación muestra a la virgen en estado de Buena Esperanza. Santa María es portadora de nuestra salvación. El misterio de la Anunciación-Encarnación es aludido por ese delicado signo. María Evangelizadora, Portadora del Evangelio vivo en su vientre inmaculado. Así, la presencia de Jesús en el corazón inmaculado y doloroso de María, es magnificada por la presencia del Señor en su vientre virginal. Es la imagen de María que porta al Señor Jesús en su seno. Al ser portadora de Cristo Cabeza y manifestar así su divina maternidad, se expresa también el misterio de María Madre de la Iglesia, que precisamente es el Místico Cuerpo del Señor. Así pues, María aparece como Madre de Dios y Madre de los hijos de la Iglesia; “la dulcísima Madre de Jesús y nuestra”.

La mano derecha: mano que con enérgica finura apunta hacia su corazón muestra bien la capacidad modélica de la maternidad de María. Cumpliendo con el “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5) que puso en el horizonte humano como clave de plenitud en las bodas de Caná, se plasma también lo que el Señor desde la Cruz anunció: “He ahí a tu madre” (Jn 19,27), invitándonos a recorrer el camino del amor filial y a acogernos al dinamismo de la amorización. María señala el camino para poder alcanzar la plenitud: desde su corazón que ardiente está encendido de amor pleno por el Hijo divino.

La mano izquierda: mano que con manifestación de gran ternura se dirige hacia sus hijos en el mundo, que se dirige hacia quienes la contemplan, invita simultáneamente a vivir toda la riqueza de la fe que la imagen representa, y junto con ese don hace tomar conciencia de que Ella, la Madre, es la intercesora por excelencia para obtener los dones del divino designio en el cristiano peregrinar.

El pie: la imagen muestra el delicado pie de la Madre pisando a la serpiente —símbolo del mal, del Demonio— mientras que ésta, de fauces abiertas y lengua extendida, la amenaza. La Virgen María aparece ante nosotros llevando al Triunfador sobre el mal en su inmaculado seno, trayendo a nuestra mente el cumplimiento de esa promesa: tu linaje aplastará la cabeza de la maligna serpiente (ver Gén 3,15). Se trata de la cooperación de María a la redención del género humano, de la enemistad entre la Mujer y su linaje, pero al mismo tiempo recuerda los peligros que acechan.

Nuestra Señora de la Reconciliación presenta, pues, una síntesis viva y elocuente de misterios centrales de la fe de la Iglesia. Destaca la unidad de los misterios de la Anunciación-Encarnación y de la Reconciliación en el misterio del Calvario. Una vez más los símbolos de la imagen ofrecen ocasión para integrar y, más aún, expresar sintéticamente la unidad de los misterios del Salvador, Verbo Eterno hecho Hijo de Mujer para la reconciliación de los seres humanos. Otros signos invocan el maternal servicio de anuncio y el de intercesión. El conjunto exhorta a acoger y vivir esos misterios de la fe impulsados por la Madre que a ello nos invita.